Los tres amores. Claudio Naranjo.

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Auto-nacimiento. Tótila Albert

Desde el comienzo de mi trabajo en el Programa SAT, estuvo presente la inspiración de Totila Albert respecto a una unificación de nuestros cerebros y funciones, y también en lo tocante a una integración de las experiencias personales del padre y de la madre. Sin embargo, fue muchos años después que, recordando una frase suya – “siendo tres los que se aman”-, y evocando una imagen del padre, madre e hijo en un abrazo mutuo, se me ocurrió que el abrazo de nuestras partes interiores podría concebirse como un abrazo entre tres maneras distintas de amar. Y desde entonces vengo pensando, también, que los diferentes valores que se asocian a las tres dimensiones del amor subyacen en muchos de nuestros conflictos.

Si en lugar de asociar simplemente nuestros tres cerebros con lo instintivo, lo afectivo y lo cognitivo, los asociamos  con tres distintas maneras de amar, podemos decir que nuestro cerebro reptiliano es erótico, nuestro cerebro medio o mamífero es relacional y empático, en tanto que nuestro neocórtex, que que nos distingue como propiamente humanos, se asocia no solo al intelecto, sino que al amor apreciativo, que se orienta hacia lo ideal.

Ya el precepto cristiano implica la noción de tres diferentes modos de amar al recomendar que amemos al prójimo como a nosotros mismos y a Dios por sobre todas las cosas; pero al hablar de esta forma no se hace explícito que se trate de maneras diferentes a amar en cada uno de esos tres casos -siendo que el amor a lo divino o amor devocional es de una naturaleza diferente al amor materno o caritativo que caracteriza al amor al prójimo, y que por otra parte el amor que albergamos hacia nosotros mismos es, en realidad, algo así como un amor hacia nuestro niño interior, con sus deseos y simple expectativa de felicidad.

La primera tarea que abordé después de concebir esta noción de que nuestra unificación interna implicase un equilibrio del amor, fue analizar los diferentes caracteres desde el punto de vista de estos tres matices de la vida afectiva. Y me fue fácil corroborar que, efectivamente, cada uno de ellos implica un desequilibrio particular. Así, por ejemplo, los caracteres miedosos son menos eróticos y más admirativos que otros; los caracteres emocionales, más predominantemente maternos; el carácter perfeccionista, predominantemente admirativo y represivo en materia de instintividad. Bastó la observación de que cada eneatipo trae   consigo una tendencia al subdesarrollo de alguno de los amores que hacen plena nuestra experiencia de la vida, para que ya este conocimiento se agregara a la psicología de los eneatipos como una recomendación terapéutica.

Pero, ¿cómo se pueden trabajar los tres amores?, ¿cómo puede uno que emprende un camino de autotransformación desarrollar la forma de amor que más le conviene cultivar, en vista de un subdesarrollo crónico que hasta ahora no había observado?

Podría concebirse un programa  a partir de este punto de vista, pero en el caso del Programa SAT no puedo decir que que haya sido así de manera consciente o explícita. Más bien, he ido dándole forma a este programa a medida que me he ido encontrando con los diversos recursos que me parecieron pertinentes a una formación completa. Y solo a posteriori, al explicar  el mapa de las tres amores, pude ver que estaban todos ellos bien representados en diversos puntos del programa.

Claudio Naranjo

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